El discurso oficial que la última Dictadura instaló - a fuerza de balas; garrote y prensa manipulada - sobre el destino de los miles de secuestrados, torturados, asesinados y desaparecidos, convenció a un importante sector de nuestra sociedad de que se trató de una guerra contra grupos subversivos que “en algo andaban” y, como siempre, que se salvó a la patria del cáncer comunista. Y en uno de los sectores en el que más evidente se hizo la desmemoria y la incoherencia discursiva fue en la UCR, partido centenario que nació de una revolución en contra del régimen falaz y descreído de los conservadores y de la oligarquía. En el año 1916, coincidente con el triunfo del primer gobierno nacional y popular del Dr. Hipólito Yrigoyen, nacía Ángel Gerardo Pisarello, hombre formado en la Facultad de Abogacía de la Universidad Nacional de Tucumán y en las filas de la UCR. Hombre esposo, hombre padre, hombre abogado, hombre jugado y hombre humanamente maravilloso. Esa misma UCR que lo vio plantarse frente a uniformados en las puertas de la cárcel de Villa Urquiza (intentando hacer cumplir la Ley y en defensa de los DDHH), es la que hoy tiene entre sus filas a mujeres y hombres que insultan la lucha de las Madres de la Plaza, sosteniendo que los DDHH son un “curro”. Esa misma UCR jamás reconocerá que lo que vino con el Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, fue parte de un plan para arrasar con unas de las mejores generaciones que vio nuestra Nación; para profundizar la concentración de la riqueza en las familias dueñas de la Argentina y para que EEUU fuera dueño de la República Argentina. Al Dr. Ángel Gerardo Pisarello fueron los mismos uniformados quienes lo amenazaron en las puertas de la cárcel de Villa Urquiza. Al esposo Ángel Gerardo Pisarello lo sacaron de su cama y en calzoncillos, en medio de la noche de un 24 de junio de 1976. Al papá Ángel Gerardo Pisarello lo arrebataron de las manos de su hijo Gerardo (de tan solo 5 añitos de edad por entonces), quien -en su desesperación- gritaba que papá no tenía armas y que le llevaran sus anteojos para que pudiera ver. Al hombre Ángel Gerardo Pisarello unos periodistas lo encontraron siete días después en un parque en la provincia de Santiago del Estero, destruido y torturado, rodeado de panfletos en los que un supuesto grupo subversivo se adjudicaba el crimen, acusando de “entregador” al abogado defensor de los pobres (asesinos y perversos milicos). Las fotos tomadas por esos periodistas fueron desaparecidas por los uniformados y hasta hubo un diario que habló de una muerte por un paro cardíaco. La podredumbre -cuando toma un cuerpo- emerge siempre y no hay forma de detenerla. Sale a la superficie para quedar expuesta. En igual sentido, la verdad sabe de la necesidad de su existencia (o subsistencia, o paciencia) y nada logra contenerla. Porque ella misma es la que empecinadamente se muestra y se ofrece, para ser mirada, gritada, olida y escuchada, incluso por los colonizados ciegos, sordos y mudos. Gracias “Tatá” (que nos dejaste hace poco); gracias, Ana María y Reyna, por su incansable caminar; gracias, Gerardo, por estar haciendo lo que un digno hijo del Dr. Pisarello debe hacer: estar del lado correcto, incluso en España; gracias por el hombre que dejó huella y por la coherencia con que ustedes siguieron transitando por ella, siempre de la mano y del corazón de mamá Aurora. Ni olvido, ni perdón. Dr. Ángel Gerardo Pisarello, a 50 años de su secuestro, desaparición, tortura y asesinato: presente, ahora y siempre.
Javier Ernesto Guardia Bosñak
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